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    Situación geográfica

    La villa de Albox, situada en la
    cuenca del río Almanzora, en la zona norte de la provincia, tiene un término municipal de 165 kilómetros cuadrados, con una población de unos 10.000 habitantes. Su término limita con los de Arboleas, Cantoria, Partaloa, Orla y El Taberno. Por razones de tipo histórico, lingüístico, etnográfico y climático, esta comarca aparece como una zona de transición entre las comunidades andaluza y murciana.

    El campesino albojense sabe por triste experiencia que, cuando ve sus tierras secas y polvorientas azotadas por el viento de poniente, está lloviendo copiosamente en Andalucía y que sólo cuando el viento de levante traiga hasta aquí los flecos de alguna borrasca norteafricana podrá compartir con las tierras de Murcia las escasas lluvias ofrecidas por alguna anomalía meteorológica.

    El suelo es, en cambio, fertilísimo. Allí donde brota el milagro del agua, ya sea en las estribaciones de la sierra, o en las orillas de sus ramblas, aparecen insospechadas y hermosas huertas, primorosamente cultivadas, verdaderos oasis que ponen su alegre nota de verdor en contraste con el desolado paisaje que las rodea. Llega después el hombre y hace su modesta vivienda en las proximidades de estos lugares afortunados, y así han ido naciendo los diferentes caseríos y aldeas diseminados por todo el término municipal de Albox, tales como El Saliente, Las Pocicas, Llano de los Olleres, Llano del Espino, Llano de las Animas, Localba, El Madroño, Los Marcelinos, Rambla de la Higuera, Los Navarretes, Los Galeras, San Roque, Aljambra y algunos otros situados en las zonas menos accidentadas, de más fácil acceso y comunicación.

    La parte norte del municipio, más elevada, está cruzada por las estribaciones de la Sierra de las Estancias, con alturas que llegan a los 1.500 metros en la cumbre del Saliente, en cuyas laderas se alza el monte Roel, coronado por el santuario de Nuestra Señora de los Desamparados, la Virgen del Saliente.

"Santuario de Nuestra Señora de los Desamparados, la Virgen del Saliente"
"Paisaje de Albox"
    Al otro lado del río, la tierra vuelve a elevarse con las cumbres azuladas de las sierras de Filabres, Almagro y Almagrera, que oculta sus laderas desnudas bajo las aguas de un pantano milagroso. Al fondo, en la línea del horizonte, parece confundirse el azul del cielo con el del mar.

    A la sierra de Almagrera le duelen las entrañas porque añora los metales que le arrancaron de ellas durante miles de años. Se confunde el azul del mar con el del cielo, pero, desde la explanada del monte Roel, antes de la salida del sol, vemos cómo la luz del amanecer se va reflejando sobre las aguas del Mediterráneo desde Mojácar hasta Villaricos y Palomares, y las convierte en un espejo de plata que nos permite distinguir claramente la línea del horizonte. En estas aguas se perdió hace algunos años una bomba increíble, desprendida de un avión americano alimentado por otro que volaba más alto.

    Aquella mañana de invierno, desde el campo de deportes del Instituto, profesores y alumnos, un poco asustados, vimos aquel avión que se caía envuelto en llamas, en tanto que el otro aparato se elevaba en el azul del cielo, en un vuelo vertical casi imposible, como si quisiera alejarse de algún peligro grave e inminente. Era la hora del recreo. Después supimos que aquella hora podía haber sido también la última para todos nosotros.
     

    Las orillas de la rambla se adornan con pequeñas y feraces huertas, formadas por tierras de aluvión y regadas por fuentes de caudal abundante en otros tiempos mejores, como la de Santa Bárbara, que, según
    Don Pascual Madoz, manaba más de 150 litros por segundo a mediados del pasado siglo. Más abajo, se nos muestra una zona llana, de carácter estepario, hasta llegar a la vega del Almanzora, donde florecen el naranjo y el limonero.

    Desde la explanada del monte Roel, antes de la salida del sol, cuando nuestro cielo azul aparece libre de brumas, podemos contemplar el maravilloso espectáculo de la sierra que desciende hasta el valle en una serie de onduladas y suaves colinas pobladas de almendros en flor, que ponen su nota blanca sobre la tierra parda junto al verde oscuro de alguna encina solitaria que, inexplicablemente, ha escapado al hacha del hombre.