Antonio ABELLÁN PEÑUELA


ABELLÁN PEÑUELA, Antonio (Cuevas del Almanzora, 1822 - Garrucha, 1903). Industrial minero y político.


      Vinculado a una familia de propietarios agrarios perteneciente a esa oligarquía de hacendados que controlan los cargos municipales en las postrimerías del Antiguo Régimen, beneficiarios, además, de la expansión agraria del siglo XVIII, el que con el tiempo se convertiría en marqués del Almanzora disfrutó de una infancia acomodada. Los Abellán formaban parte de ese reducido grupo de familias propietarias que, antes del inicio de los negocios mineros en 1839, poseían el 75% de la riqueza agrícola de Cuevas, lo que los situaba en una posición de privilegio para afrontar cuantiosas inversiones en las primeras sociedades de Almagrera. Así lo hicieron, puesto que aparecerán entre los accionistas más destacados de la rica Carmen y Consortes y, de un modo más modesto, se ligarán a la mina Observación o de Ramón Orozco.

      De los beneficios de esta incursión en la minería local supieron aprovecharse, más tarde, tanto Antonio como su hermano Diego, dedicado por entero, este último, a negociar, ampliar y diversificar, unas veces en su propio interés y otras en el de su hermano, las acciones que poseían en sociedades mineras de toda índole. Tuvieron la habilidad, sobre todo nuestro biografiado, de administrar el capital heredado e incrementarlo, principalmente mediante la adquisición de propiedades tanto urbanas como rústicas. En 1875, Abellán Peñuela se había convertido en el segundo mayor contribuyente de la provincia por el ramo territorial, sólo superado por el acaudalado veratense Ramón Orozco. Cuando en 1903, poco antes de morir, otorgó testamento, el valor de sus bienes ascendía a la exorbitante cifra de 1.450.000 pesetas.

      Contrajo matrimonio en 1848 con la cuevana Catalina Casanova Navarro, prima-hermana del afamado coronel Casanova, a la que se le otorgó el título de I Condesa de Algaida en 1887. De esta unión nacieron dos hijos, los cuales heredaron las distinciones nobiliarias de sus progenitores: Antonio, II marqués de Almanzora, y Dolores, II condesa de Algaida, a la muerte de su madre.

      Desde la década de 1840 quiso trasladar, como solía ser habitual entre los opulentos mineros cuevanos, los cuantiosos beneficios que le proporcionaban sus acciones a la compra de fincas en los términos de Pulpí, Vera, Los Gallardos y Cuevas. Ahora bien, la perla de sus posesiones se encontraba en Almanzora, pedanía del término de Cantoria, que había sido patrimonio de los marqueses de la Romana. De enorme extensión, dentro de sus linderos se ubicaban medio centenar de casas-cortijo, habitadas por labriegos a su servicio, tres molinos harineros y otras tantas almazaras. En 1872 mandó construir, posiblemente según proyecto y dirección del ingeniero Antonio de Falces, una gran casa-palacio de estilo neoclásico, con una superficie de 2.484 metros cuadrados, que fue residencia de la familia durante sus frecuentes estancias vacacionales y en los postreros años de vida del Marqués. Precisamente a esta finca le debe el nombre que otorga título a su marquesado.

      Mediado el siglo XIX inicia una pujante actividad metalúrgica con la puesta en marcha de la fundición Atrevida, en Herrerías. Tras unos primeros años de asentamiento en el sector, extenderá a gran escala su producción con el descubrimiento de minerales argentíferos en los alrededores de la instalación, a partir de 1869, convirtiéndose a principios de la década de 1890 en uno de los mayores exportadores de plomo argentífero. Sin embargo, sus intereses en este sector se extenderán fuera del término cuevano, ya que participará de forma entusiasta en la aventura empresarial de los Orozco, que pretendían la instalación de un alto horno o martinete en la antigua fundición San Ramón de Garrucha. Cuando, en 1860, Ramón Orozco y Compañía decide la ampliación de capital social, el futuro Marqués se hará con cuatro de sus veinte acciones. Esta experiencia acumulada, tanto en el arte de la minería como en el de la fundición, lo convirtió en una especie de oráculo donde se dirigían todo tipo de consultas, siendo siempre su asesoramiento tenido en alta consideración por mineros y fundidores.

      Una vez consolidada su posición económica, ya en plena madurez, decidió adentrarse por los derroteros de la política. El progresismo de su juventud -había pertenecido a la Milicia Nacional- le llevó a evolucionar, con el paso del tiempo, hacia el ideario de la Unión Liberal del general O’Donnell, a la que estuvo afiliado. Tras la caída del gobierno de aquél, durante el verano de 1866, una buena parte de los unionistas liberales, entre los que se encontraría Abellán Peñuela, se posicionó contra la dinastía de Isabel II. La reacción no se hizo esperar, y el gobierno Narváez, en apoyo de la Corona, arbitra una dura represión contra demócratas, progresistas y unionistas liberales, que se tradujo en el exilio de un notable contingente de civiles y militares, acusados de conspiración. Víctima de esta persecución, sufrida también por su amigo y socio Ramón Orozco, Abellán, en cierta ocasión, pasó algunas jornadas escondido en una mina, y hasta se vio obligado a embarcarse hacia Gibraltar en un pequeño velero, padeciendo abundantes penalidades en la travesía. Durante los gobiernos de O’Donnell, concretamente en 1859 y 1865, fue diputado de las Cortes, representando a su partido por el distrito de Sorbas. Revalidó esta responsabilidad en 1872, en el reinado de Amadeo I de Saboya, y fue precisamente este rey y en ese mismo año, el 10 de noviembre, el que le concede, por méritos contraídos, el título de Marqués del Almanzora. En muestra evidente de gratitud, Abellán regaló al monarca un magnífico ejemplar de plata nativa procedente de las explotaciones que poseía en Herrerías, el cual aún se conserva en el Museo Nacional de Roma. Antes de sus incursiones en la política nacional, había sido alcalde de Vera.

      El 4 de agosto de 1872 fue designado por primera vez senador por la provincia de Almería, destacándose de manera muy activa en la consecución del ferrocarril de Linares a Almería. Por el interés demostrado en la gestión, el Ayuntamiento de esta última ciudad lo declara, el 4 de marzo, hijo adoptivo y le asigna su nombre a una calle que todavía lo conserva. En la legislatura 1879-1880 volverá a ostentar la misma representación parlamentaria, siendo finalmente nombrado senador vitalicio en la de 1881-1882. Desde este cargo, mostró su preocupación y celo por la solución de problemas que acuciaban a su provincia y mostró en sus gestiones un afán desmedido por favorecer a su pueblo natal. A iniciativa propia y del marqués de Perijá, se aprueba en 1889 la Ley para el desagüe de comarcas mineras, en cuyo cumplimiento, y no sin disputas y dificultades, se constituye el Sindicato del Desagüe de Sierra Almagrera, como órgano de representación colectiva de las empresas mineras de este distrito, que buscaría, ante todo, la unión de esfuerzos con el objetivo común de erradicar la perniciosa inundación de las minas.

      Alcanzó el Marqués los 81 años de edad, no sin antes haber sido distinguido con la Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica. A su entierro, que quiso austero, amortajado con un simple lienzo y en sencillo ataúd, asistió una silenciosa multitud que acompañó al féretro desde Garrucha, lugar de su fallecimiento, hasta su Cuevas natal, incorporándose durante este largo recorrido gentes de toda condición que quisieron expresar su último adiós a uno de los personajes más relevantes del XIX levantino.




Fernández Bolea, Enrique





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